miércoles, 6 de mayo de 2015

EL LIBRO EGIPCIO DE LOS MUERTOS

El libro de los muertos era un papiro que ayudaba a el alma del difunto en su viaje hacia el más allá. Este papiro se situaba al lado de la momia antes de que la tumba fuese sellada. En él estaban escritas plegarias o fórmulas mágicas que el muerto recitaría según el peligro que le acechase en su viaje.

El libro de los muertos comprende aproximadamente 200 fórmulas mágicas cuyo conocimiento permitirían al difunto orientarse en el mundo inferior.
Anubis  acompañaba al fallecido en el peligroso viaje donde viajaban en barca, se enfrentaban a la serpiente Apofis y atravesaban un laberinto, entre otros múltiples peligros.

Finalmente  llegaba a la Sala de la Doble Verdad donde un tribunal formado por 42 jueces y presidido por Osiris evaluaban su vida.

Extracto del Libro de los muertos de Anni

Ante los 42 jueces realizaba la denominada "confesión negativa" donde el difunto debía responder  con un "no" a cada pregunta que le formulasen en referencia a su vida terrenal. Estas son algunas de las preguntas : ¿Has sido infiel? ¿Mataste a alguien? ¿Has robado alguna vez?, etc. Como se puede comprobar la moralidad que guardaban se asemeja a los diez mandamientos cristianos.

Tras la confesión, según los antiguos egipcios, llegaba el momento culminante del juicio: La pesada del alma o Psicostasia  en el Tribunal de Osiris. Allí el muerto de la mano de su acompañante Anubis se encontraba con la balanza de la justicia donde depositaba su corazón en uno de los platillos. Cabe recordar que el corazón era el órgano donde residía el alma para los egipcios, por ese motivo cuando embalsamaban el cuerpo del difunto sacaban todas las vísceras salvo el corazón y los riñones. Éstos últimos también se dejaban porque se consideraban útiles tras la muerte.

Así que mientras en uno de los platillos de la balanza se situaba el corazón para pesar su alma; en el otro platillo yacía una pluma, el símbolo de la diosa de la justicia Maat.

Para que el muerto lograse pasar la prueba y pudiese llegar a las llanuras elisianas, donde estaban los difuntos heroicos y virtuosos, los pecados del corazón no debían  pesar más que la pluma.

Si el hombre había sido justo no tenía nada que temer, pero de ser culpable el monstruo Ammit que se disponía sentado al lado de la balanza, lo devoraría sin dejar rastro, mientras que yo, el dios escriba Thot, apuntaría lo sucedido.




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